Una reflexión sobre la necesaria reactivación del poder originario en las democracias occidentales.
Revista Electoral Especializada No. 27
Nuestra supervivencia depende no de la vigilancia y la
defensa de una frontera […] sino de reconocer nuestra
estrecha relación con los demás.
— Judith Butler, Marcos de guerras. Las vidas lloradas
A nivel mundial, estamos atravesando tiempos de crisis e incertidumbre, vivimos en un momento de fractura, pareciera que muchas de las instituciones, pactos y contratos sociales están percibiéndose como obsoletos, y que caminamos rápidamente hacia nuevos lugares desconocidos. Esto está poniendo a prueba nuestra capacidad de adaptación, pero también de creación de nuevo pensamiento para instaurar las nuevas realidades.
Dentro de todo lo que se cuestiona, no podía faltar la crisis de representación del poder originario en las democracias, es decir, el de la población. En efecto, en nuestro sistema, la ciudadanía generalmente está poco comprometida y es poco participativa, al grado de parecer que gobiernos y pueblo están totalmente desvinculados.
Esta tendencia no es un fenómeno nuevo, pero se ha hecho cada vez más evidente durante los últimos años, posiblemente se ha exacerbado por la globalización, la desigualdad económica, la crisis ambiental y la creciente influencia de poderes no democráticos en la toma de decisiones de los gobiernos como, por ejemplo: las corporaciones multinacionales de las nuevas tecnologías, instituciones como el Fondo Monetario Internacional que imponen sus condiciones económicas, el crimen organizado, entre otros.
Dichos poderes fácticos protegen intereses personalísimos como el económico, y a la vez generan no solo grandes problemas sociales, sino grandes devastaciones ambientales de consecuencias incalculables, como la necesidad de desplazamientos de poblaciones por factores climáticos[1] y, a largo plazo, o tal vez no tan largo, el peligro para la humanidad de no poder habitar en este planeta.
Todo esto es alarmante, porque ha provocado que los indicadores arrojen que una porción significativa de la población, sobre todo entre las personas jóvenes, esté dispuesta a apoyar regímenes que puedan solucionar problemas inmediatos, aunque ello implique sacrificar principios democráticos fundamentales[2]. En este contexto, es necesario reflexionar sobre la necesidad de que la sociedad gire hacia un despertar de la democracia.
Para ello, hay que recordar cuál es el significado de la democracia: si vamos al origen etimológico de la palabra, se compone de dos raíces: «demos» (pueblo) y “kratos” (poder)[3], es decir, el pueblo como actor central en la vida política.
La idea de que el poder reside en el pueblo es una piedra angular de nuestro modelo democrático, pero cada vez es más evidente que tiene poca sustancia en el mundo occidental y, nos referimos concretamente a occidente, porque otros tipos de democracia se viven desde hace siglos en las comunidades y pueblos indígenas sin la presencia de partidos políticos y con prácticas en donde el poder verdaderamente se ejerce desde el pueblo, prácticas que posiblemente a muchas personas les parezcan inimaginables.
Respecto a la participación del pueblo, no podemos dejar de ver que, en nuestro país, en diciembre de 2019, fue incluida en la constitución mexicana, la revocación de mandato como parte de una serie de reformas políticas[4]. El propósito detrás de estas reformas fue la de brindar a la ciudadanía una herramienta adicional para ejercer su soberanía y evaluar el desempeño de sus representantes electos/as en un intento de fortalecer la democracia participativa.
Sin embargo, dicho ejercicio tuvo grandes desafíos en la organización y poca participación ciudadana. Este evento ha dejado lecciones valiosas que pueden servir para futuras consultas y para vigorizar la participación de la ciudadanía a través de mecanismos de control del poder, pero por ahora no han funcionado como es necesario.
Teniendo como base todo lo anterior, es útil reflexionar si corresponde a las personas gobernantes incrustar a la ciudadanía para que participe de la cosa pública o, por el contrario, este contexto sugiere que el despertar del «demos» tiene que ser un movimiento de abajo hacia arriba. No olvidemos que el poder, por naturaleza, es perpetuado de forma estructural y sistémica; en efecto, instituciones, leyes y normas sociales pueden estar diseñadas para mantenerlo.
Ciertamente, estos sistemas pueden ser difíciles de desmantelar. Por ello, no podemos esperar que quienes gobiernan devuelvan el poder al pueblo.
Pero ¿con qué contamos? Tenemos que enfrentar nuestra realidad, y es desalentadora: en occidente, en general, pertenecemos a una sociedad entregada al entretenimiento de las pantallas, permitiendo que aquellos grupos de presión, que no están interesados en la democracia penetren en nuestros cuerpos, en nuestras mentes y en todos y cada uno de los rincones de nuestra existencia.
Se nos ha aislado, privatizado, atomizado, anestesiado, pulverizado; somos una sociedad muy distraída que acude a muchos medios para no enfrentar las profundas problemáticas, una sociedad medicada que comúnmente necesita pastillas para poder dormir y estímulos para mantenerse despierta durante el día. Tenemos absoluta disposición a muchas opciones para inmunizar nuestro dolor.
Todo lo anterior nos imposibilita a unirnos para encontrar soluciones, vivimos en “el siglo de la soledad” como lo llama la economista Noreena Hertz[5]. Pero la soledad no solo daña nuestra salud y nuestro bienestar, sino que amenaza indiscutiblemente a nuestras democracias. ¿Las consecuencias? Vidas cada vez más ahogadas en la ansiedad y la depresión. Una sociedad que sabe -porque lo sabe- que algo está muy mal, que en la cotidianeidad vive y replica las desigualdades, la discriminación, la exclusión, las violencias y la perpetuidad de la pobreza en muchos sectores de esta sociedad.
La decadencia se manifiesta en ámbitos funcionales, sociales y éticos, pero queremos subrayar de manera enfática la decadencia ecológica. Esta última destaca porque constituye un atentado directo contra la vida humana, una ironía y un contrasentido dentro de un sistema profundamente antropocéntrico.
Parece un panorama catastrófico, pero las crisis crean vacíos en los que pueden construirse nuevas realidades: esa es la buena noticia.
Tal vez entendamos que es necesario salir de nuestras tragedias individuales para crear vínculos entre todas las personas, y de esta forma recordar que somos seres sociales, y que “vivir es despertar en los vínculos”[6].
De abajo hacia arriba parece un movimiento muy complicado, pero comprometernos e implicarnos en el “nosotros/as”, es necesario para que pueda transformarse esta realidad.
El mismo sistema nos ha hecho creer que no podemos hacer nada, que somos impotentes, pero no podemos perder de vista la base fundacional de las democracias: el poder originario está en el pueblo.
Que la vida pueda ser vivida plenamente, o no, incumbe a la humanidad toda y parece que no hay escapatoria, hay que enfrentarlo en unión, es un problema complejo de desmantelar porque el sistema que nos aplasta es global.
Es el momento de hablar de opciones, hay entre muchos sectores un cuestionamiento cada vez mayor sobre nuestra forma desequilibrada de vivir la vida, ya existe una lucha colectiva que se ha potenciado y que es de suma relevancia en esta era: la feminista. Pero nos referimos a ese feminismo que es la lucha de todas las luchas, no al movimiento que vuelve a dividir y que pone en disputa a las mujeres en contra de los hombres, sino a aquélla que se dispuso a exponer y a hacer conscientes los terribles desequilibrios que se reflejan en la vida cotidiana.
Cuando se desarrolla la consciencia del grupo, se puede romper con todo lo obsoleto. Pero para crear la nueva consciencia y hacerse exponencial, se necesita proximidad física, se necesita del habla-escucha.
Pensemos que, a pesar de las resistencias, este movimiento está trayendo efectivamente cambios colectivos de consciencia, que nos ha obligado a exponer y replantear otros grandes temas pendientes.
En este momento de pensar opciones y construirlas, tal vez también convenga mirar cómo han vivido otras personas, revisar si hay otras formas de hacer las cosas, entender cómo son otras miradas, otras visiones y otros saberes, tal vez reconocer que en este país hemos estado parados/as sobre territorios que han tenido soluciones democráticas funcionales, más conectadas con la vida, con su respeto y el gozo de vivirla, que se han practicado desde hace siglos, sin haber adoptado nunca sistemas de partidos políticos, nos referimos a la organización social de los pueblos y comunidades indígenas.
Hablemos de su manera de practicar la democracia, para ello es indispensable mencionar las Asambleas, que son por excelencia reuniones para tomar decisiones comunales, son de gran importancia, reflejan la organización, la cohesión y que preservan las tradiciones ancestrales. A través de estas Asambleas, se buscan consensos, se resuelven conflictos y se fortalecen los lazos comunitarios, son por excelencia espacios de participación y de inclusión de todas las personas que conforman la comunidad.
Las Asambleas indígenas tienen raíces profundas de prácticas verdaderamente democráticas. Estas reuniones se celebran con diferentes matices dependiendo de la comunidad y la región, pero todas comparten el objetivo de mantener la armonía de la comunidad.
El proceso de celebración de una Asamblea indígena puede variar según la comunidad, pero generalmente sigue un esquema similar:
Espacios definidos en donde se celebran las reuniones, la disposición de asientos en círculo para fomentar la igualdad y el respeto mutuo, y la realización de rituales previos que buscan la bendición de los ancestros y la armonización del ambiente. Las prácticas espirituales son siempre un elemento fundamental que las distingue.
La toma de decisiones en estas Asambleas se basa en el consenso. A diferencia de los sistemas de votación mayoritaria, el consenso busca que todas las personas que participen lleguen a un acuerdo compartido. En las comunidades en las que se llega a acuerdos a través de votación a mano alzada es porque ya occidentalizaron sus prácticas. El proceso de acuerdos y consensos es más minucioso o puede ser lento, y requiere de habilidades que en occidente no hemos desarrollado, pero garantiza la inclusión y la aceptación de las decisiones por parte de toda la comunidad.
A través de estas reuniones, se refuerzan los valores de solidaridad, respeto y reciprocidad, y se mantiene viva la tradición oral que transmite conocimientos y experiencias de generación en generación.
Sin duda, refleja un modelo participativo y sostenible de toma de decisiones que sirve de inspiración en quienes buscan soluciones más inclusivas y respetuosas a nuestras problemáticas sociales.
En este mismo orden de ideas, en Latinoamérica, hay movimientos que proponen cambios de consciencia fundacionales, como el llamado el sumaq kawsay[7] concepto en lengua quechua, que se conoce como “el buen vivir”. Se refiere a la filosofía andina que concibe al mundo para el servicio del otro/a, en un entorno de equilibrio y armonía, que da visos de esperanza frente a la decadencia y descomposición social y que abre la posibilidad de voltear a ver valores superiores de colaboración y de igualdad.
El “buen vivir” no es sólo un ideal, ha ganado reconocimiento y relevancia en los últimos años, se ha implementado ya en las constituciones de Bolivia y Ecuador como alternativa para enfrentar las crisis mundiales de la actualidad, la desigualdad y la pérdida de la biodiversidad, sin embargo, su implementación enfrenta desafíos naturales debido a la influencia de los modelos económicos y culturales occidentales.
En efecto, el sumak kawsay se presenta como una alternativa para enfrentar las crisis globales de las que venimos hablando y podría servir de inspiración a otras sociedades para buscar formas de vida equilibradas y armoniosas con el todo.
Es importante recordar que, las comunidades indígenas son quienes defienden con mayor dedicación la tierra y el agua, y también quienes, lamentablemente de manera trágica, han sido las más afectadas y asesinadas por proteger estas causas.
La comunalidad, es decir, la posibilidad de estar juntos/as, el contacto con el otro, con la otra, es un éxtasis; en cambio, en el mundo occidental la cuestión del vivir en unión pareciera nuestro principal problema, pero tendremos que comprender que “nuestra relación con lo verdadero pasa por los otros. O bien vamos a lo verdadero con ellos o no es hacia lo verdadero donde vamos”[8].
El movimiento tendrá que ser de abajo hacia arriba, pero también de adentro hacia afuera. La desafección y la desilusión nos ha dejado aparentemente sin energía y retraídos, se nos olvida que desde el “yo individual” no podemos hacer mucho, necesitamos del “nosotros/as”, y para que ese cambio de consciencia del grupo suceda, tenemos que hablarnos, escucharnos y descubrir que los problemas tal vez no los hemos provocado nosotros/as, pero que sí tenemos la capacidad de transformarlos. Al no actuar, debemos asumir una responsabilidad implícita.
Hay que entender el sistema y las trampas a las que acude para perpetuarse, cuando se desarrolla la consciencia del grupo, pueden cambiar las cosas, pero antes tenemos que cambiar la consciencia nuestra; Lechner señaló que “estaba convencido que los cambios en el interior de las personas suelen ser más impactantes que los cambios exteriores de los países”[9].
Hay que implicarnos necesariamente en nosotros/as, para después implicarnos con otras personas y modificar la realidad.
Somos entes sociales, la libertad no puede ser un atributo individual, porque no dejamos nunca de vivir en manos de los demás, en una vida humana la interdependencia es forzosa.
Para que la democracia occidental recupere su vitalidad, es imprescindible que el «demos» despierte de su letargo. Este despertar implica no solo la participación en procesos electorales, sino también en construir colectivamente nuevas formas de vida, capaz de enfrentar los desafíos del siglo XXI.
En conclusión, tenemos que transformar el mundo colectivamente porque nuestra vida solo puede desarrollarse en plenitud en medio de la polis, porque el fin último de la democracia, que es vivir una vida digna, no lo conseguiremos sin el “demos”.
Referencias:
- Bareiro, Line, Baksh, Rawwida, Celiberti, Lilian, Chiarotti, Susana, Guzmán, Virginia, Falú, Ana, Henriquez, Narda, Jenson, Jane, Llanos, Beatriz, Mones, Belkys, Rainero, Liliana, Rodríguez, Corina, Segovia, Olga, Soto, Lilian, Vargas, Virginia y Vassell, Linette. (2013). La ciudadanía de las mujeres en las democracias de las Américas. OEA, CIM, IDEA Internacional. https://www.oas.org/es/cim/docs/ciudadaniamujeresdemocracia-web.pdf
- Bobbio, Norberto. (2007). Pensar la democracia: Norberto Bobbio. Instituto de Investigaciones Filosóficas, p. 62. https://www.filosoficas.unam.mx/docs/431/files/Pensar_la_democracia.pdf
- Corporación Latinobarómetro. (2023, 21 de julio). Informe 2023. La recesión democrática de América Latina. https://www.latinobarometro.org/latContents.jsp
- Diario Oficial de la Federación. (2019, 20 de diciembre). DECRETO por el que se declara reformadas y adicionadas diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en materia de Consulta Popular y Revocación de Mandato. https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5582486&fecha=20/12/2019#gsc.tab=0
- Gouritin, Armelle. (2024, 28 de febrero). Desplazamiento climático en México y justicia ambiental crítica: hacia una nueva línea de investigación. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-76532024000200001#:~:text=Para%202050%2C%20m%C3%A1s%20de%20tres,a%20v%C3%ADctimas%20pasivas%20sin%20agencia
- Guillén García, Alejandro, y Phélan Casanova, Mauricio (comps.) (2012). Construyendo el Buen Vivir. I Encuentro Internacional del Programa de Cooperación Universitaria e Investigación Científica. Pydlos Ediciones.
- Hertz, Noreena. (2022). El siglo de la soledad (Fernando Borrajo Castanedo, trad., 2.a ed.). Paidós. (Obra original publicada en 2020).
- Merleau-Ponty, Maurice. (1953). Éloge de la philosophie. En Garcés, Marina. (2013). Un mundo común. Edicions Bellaterra, p.128. https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Un_mundo_comun_Marina_Garces.pdf
- Merleau-Ponty, Maurice. (1995). Les aventures de la dialectique. En Garcés, Marina. (2013). Un mundo común. Edicions Bellaterra, p.75. https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Un_mundo_comun_Marina_Garces.pdf
[1] Gouritin, Armelle. (2024, 28 de febrero). Desplazamiento climático en México y justicia ambiental crítica: hacia una nueva línea de investigación. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-76532024000200001#:~:text=Para%202050%2C%20m%C3%A1s%20de%20tres,a%20v%C3%ADctimas%20pasivas%20sin%20agencia.
[2] Corporación Latinobarómetro. (2023, 21 de julio). Informe 2023. La recesión democrática de América Latina. https://www.latinobarometro.org/latContents.jsp
[3] Bobbio, Norberto. (2007). Pensar la democracia: Norberto Bobbio. Instituto de Investigaciones Filosóficas, p. 62. https://www.filosoficas.unam.mx/docs/431/files/Pensar_la_democracia.pdf
[4] Diario Oficial de la Federación. (2019, 20 de diciembre). DECRETO por el que se declara reformadas y adicionadas diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en materia de Consulta Popular y Revocación de Mandato. https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5582486&fecha=20/12/2019#gsc.tab=0
[5] Hertz, Noreena. (2022). El siglo de la soledad (Fernando Borrajo Castanedo, trad., 2.a ed.). Paidós. (Obra original publicada en 2020).
[6] Merleau-Ponty, Maurice. (1995). Les aventures de la dialectique. En Garcés, Marina. (2013). Un mundo común. Edicions Bellaterra, p.75. https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Un_mundo_comun_Marina_Garces.pdf
[7] Guillén García, Alejandro, y Phélan Casanova, Mauricio (comps.) (2012). Construyendo el Buen Vivir. I Encuentro Internacional del Programa de Cooperación Universitaria e Investigación Científica. Pydlos Ediciones.
[8] Merleau-Ponty, Maurice. (1953). Éloge de la philosophie. En Garcés, Marina. (2013). Un mundo común. Edicions Bellaterra, p.128. https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Un_mundo_comun_Marina_Garces.pdf
[9] Bareiro, Line, Baksh, Rawwida, Celiberti, Lilian, Chiarotti, Susana, Guzmán, Virginia, Falú, Ana, Henriquez, Narda, Jenson, Jane, Llanos, Beatriz, Mones, Belkys, Rainero, Liliana, Rodríguez, Corina, Segovia, Olga, Soto, Lilian, Vargas, Virginia y Vassell, Linette. (2013). La ciudadanía de las mujeres en las democracias de las Américas. OEA, CIM, IDEA Internacional. https://www.oas.org/es/cim/docs/ciudadaniamujeresdemocracia-web.pdf

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